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[Off-Libros] La Biblioteca de Our Soulful House

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NotaPublicado: 04 Ago 2009, 21:40
Al igual que en hilo de Cine, he decidido abrir éste porqué en OSH también le hacemos un hueco a la léctura, así podremos recomendar libros (o no), hablar sobre el último libro que hayamos leido...

Y comienzo el hilo recomendando el último libro que me he acabado hace unos dias:

Se trata de el primero de una trilogía que firma Guillermo Del Toro (no creo que haga falta presentarlo) junto con Chuck Hogan (desconocido en nuestro país, aunque superventas de género) Nocturna.

La verdad que me tope con éste libro de manera totalmente casual, después de mirar unos CD's y pelis en unos grandes almacenes que no nombraré, me fui a echar una ojeada a la sección de libros y me tope con un libreto promocional del libro (que se trata de las primeras páginas del mismo), ver "guillermo del toro" en la zona de libros me extraño (y siendo un buen seguidor de su trabajo, así como uno de los muchos de admiradores de este gran director de cine), pronto fui a coger un de los libretos a ver de que se trataba, y para mi sorpresa me di cuenta de que era un libro, que prometia convertirse en una trilogía acerca de vampiros. Me lo llevé, y lo devoré en el trayecto del trabajo a mi casa en tren, me engancho y no tarde mucho en hacerme con el libro.

Una vez leido, deciros que no me ha decepcionado en absoluto y que os lo recomiendo. Os dejo algo de información del libro, un video promocional y otro de Guillermo del Toro hablando del libro, y también las primeras lineas del libro, para que vayais adentrandoos en la historia (quienes querais hacerlo).


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Título: Nocturna: 1º de la Trilogia de la Oscuridad
Autores: Guillermo Del Toro y Chuck Hogan
Editorial: Suma De Letras
Género: Thriller, Terror
Fecha de publicación: Junio de 2009
Páginas: 560

Un avión procedente de Berlín aterriza en Nueva York. Pero algo no funciona bien desde el momento en que toma tierra. Todas las luces del avión están apagadas, nadie responde a las llamadas de la torre de control, nadie contesta a los teléfonos móviles. Parece como si el avión estuviese muerto...

Lo que al principio se considera un virus muy contagioso pronto se revela como algo aterrador. Los “infectados” tienen mucha sed y sólo quieren beber... sangre. La epidemia se propaga a una velocidad de vértigo, y en pocos días toda la isla de Manhattan está invadida. Pero esto no ha hecho más que comenzar. Hay un plan siniestro para conquistar rápidamente todo el planeta.

Los viejos vampiros han regresado. La lucha entre el bien y el mal vuelve a encarnarse en estas criaturas tan antiguas como actuales. La desigual lucha entre estos seres sobrenaturales y una raleada banda de héroes humanos nos arrastra a una historia llena de acción, alianzas, traiciones y batallas que nos hace reflexionar sobre la condición humana, en la mejor tradición de las películas de su autor, Guillermo del Toro.

Guillermo del Toro es uno de los directores de cine más creativos e imaginativos de hoy en día. Nacido en Guadalajara (Jalisco, México] en la década de 1960, lleva prácticamente toda su vida dedicándose a la gran pantalla, compaginando su labor de director y guionista con su reconocido trabajo como productor y artista de efectos especiales. Ha creado inolvidables películas como "Mimic", "Blade II", "Hellboy", "El espinazo del diablo" o "El laberinto del fauno", que fue galardonada con tres Oscar. En 2009 estará enfrascado en el rodaje de "El hobbit", que cuenta con Peter Jackson como productor. "Nocturna" es su primera inmersión en el mundo editorial, en el que le auguramos tanto éxito como en el cinematográfico. Los derechos de la novela han sido vendidos a veinte países.

Chuck Hogan abandonó su trabajo en un videoclub cuando su primera novela, "The Standoff", se convirtió en un best seller y se publicó en catorce países. Su novela "El príncipe de los ladrones" obtuvo en 2005 un premio Hammett a la mejor novela policíaca y fue proclamada por Stephen King como uno de los diez mejores libros de ese año. Además pronto se convertirá en película de la mano de Warner Brothers y estará dirigida y protagonizada por Ben Affleck.




El Comienzo Del Libro: La leyenda de Jusef Sardu


Había una vez —dijo la abuela de Abraham Setrakian— un gigante.
Los ojos de Abraham se iluminaron y, de pronto, la sopa borscht que humeaba en el plato de madera le pareció más sabrosa, como si el picante gusto a ajo se hubiera esfumado. Era un chico pálido y enfermizo, casi raquítico y de ojos grises. Para animarlo a comer, su abuela se sentó frente a él y lo entretuvo con un cuento.
Una bubbeh meiseh, un «cuento de abuela», una fábula, una leyenda.
—Era el hijo de un noble polaco y se llamaba Jusef Sardu. El señorito Sardu era más alto que cualquier hombre o techo de su aldea. Para cruzar por cualquier puerta tenía que inclinarse tanto como si estuviera haciendo reverencia a un rey. Pero su gran estatura era un lastre: una enfermedad de nacimiento y no una bendición. El joven sufría mucho; sus músculos no tenían la fuerza suficiente para sostener sus largos y pesados huesos. En algunas ocasiones le costaba incluso caminar. Utilizaba un bastón, una vara larga más alta que tú, con una empuñadura de plata coronada con la cabeza de lobo del emblema familiar.
—¿Sí, Bubbeh? —dijo Abraham entre una cucharada y otra.
—Era lo que le había tocado en la vida, y le enseñó la humildad, algo realmente ausente cuando de un noble se trata. Sentía mucha compasión por los pobres, los trabajadores y los enfermos. Era particularmente afecto a los niños de la aldea, y sus bolsillos grandes y profundos —del tamaño de sacos repletos de nabos— siempre estaban colmados de baratijas y golosinas. Prácticamente no había tenido una infancia, pues a los ocho años ya tenía la misma estatura de su padre, y a los nueve le llevaba una cabeza. Su fragilidad y gran estatura eran una vergüenza secreta para su padre. Pero el señorito Sardu era realmente un gigante amable, muy querido por su gente. Decían que, aunque estuviera por encima de los demás, él no menospreciaba a nadie.
La abuela le hizo un gesto con la cabeza para recordarle que tomara otra cucharada. El masticó una remolacha hervida, llamada «corazón de bebé» debido a su color, forma y fibras casi capilares.
—¿Sí, Bubbeh?
—Era amante de la naturaleza y no le interesaba la brutalidad de la caza, pero, como noble y hombre de rango, a los quince años su padre y sus tíos le pidieron que los acompañara en una expedición de seis semanas a Rumania.
—¿Vinieron aquí, Bubbeh? —preguntó Abraham—. ¿El gigante estuvo aquí?
—Fueron a los oscuros bosques del norte, kaddishel. Los Sardu no vinieron a cazar jabalíes, osos ni alces. Vinieron a cazar lobos, el símbolo de la familia, el emblema de la casa de Sardu. Iban tras animales de caza. La tradición de la familia Sardu decía que comer la carne de lobo les daba a los hombres Sardu valentía y fuerza, y el padre del joven amo creía que esto podía llegar a curarle los músculos débiles a su hijo.
—¿Sí,Bubbeh?
—Sumado a la inclemencia del clima, el camino que iniciaban era largo y arduo, y para Júsef una lucha extrema. Nunca había salido fuera de la aldea, y las miradas que le dirigieron los extraños a lo largo del camino lo hicieron sentir avergonzado. Cuando llegaron al bosque oscuro, le pareció que aquel paraje silvestre estaba lleno de vida. Numerosas manadas de animales merodeaban por el bosque durante la noche, como si hubieran sido desplazados de sus cuevas, albergues, nidos y guaridas. Eran tantos que los cazadores no podían conciliar el sueño en el campamento. Algunos querían marcharse, pero la obstinación del patriarca de los Sardu terminó imponiéndose. Escuchaban el aullido nocturno de los lobos, y él anhelaba darle uno a su hijo, a su único heredero, cuyo gigantismo era como una sífilis en la estirpe de los Sardu. Quería extirpar esa maldición de su linaje y casar a su hijo para que le diera muchos herederos saludables.
»Pero justo antes del anochecer del segundo día, su padre salió a perseguir un lobo, y fue el primero en separarse del grupo. Lo esperaron toda la noche en vano, y al amanecer salieron a buscarlo. Y así fue que, esa noche, al volver de la búsqueda, faltaba un primo de Jusef. Y lo mismo sucedió, noche tras noche, con todos.
—¿Sí, Bubbeh?
—Hasta que el único restante era Jusef, el niño gigante. Reanudó el camino al día siguiente y, en un lugar que habían recorrido anteriormente, descubrió el cuerpo de su padre, y los de todos sus tíos y primos, yaciendo a la entrada de una cueva subterránea. Sus cráneos habían sido aplastados con una fuerza descomunal, pero sus cuerpos estaban intactos. Habían sido ase¬sinados por una bestia con una fuerza inusitada, pero no porque tuviera hambre o miedo. No pudo descubrir la verdadera razón, y de repente se sintió observado, quizá incluso estudiado, por un ser que merodeaba en el interior de la caverna.
»El señorito Sardu retiró todos los cuerpos, cavó una tumba profunda y los enterró. Naturalmente, este esfuerzo lo debilitó gravemente, dejándolo casi sin fuerzas. Estaba exhausto, estaba farmutshet. Y no obstante, a pesar de estar solo, presa del miedo y del cansancio, regresó esa misma noche a la cueva para enfrentarse al diabólico ser que rondaba en esa oscuridad, dispuesto a vengar a sus antepasados o morir en el intento. Esto se sabe por su diario, el cual fue encontrado muchos años después en el bosque. Esos fueron sus últimos apuntes.
Abraham estaba boquiabierto.
—Pero ¿qué sucedió, Bubbeh?
—La verdad es que nadie lo sabe. En la aldea, después de que transcurrieran seis semanas, ocho y luego diez sin noticia alguna, se temía que el grupo entero estaba extraviado. Varios aldeanos emprendieron una búsqueda, pero no los encontraron. Y al cabo de once semanas, un carruaje de ventanas oscuras se detuvo una noche frente al castillo Sardu: era el joven amo. Se recluyó en un ala del castillo, cuyas habitaciones estaban vacías, y rara vez, o casi nunca, volvió a ser visto. Comenzaron a circular rumores sobre lo que había sucedido en el bosque rumano. Las pocas personas que sostenían haber visto a Sardu —si es que se les puede dar crédito a sus relatos— insistieron en que se había curado de su deformidad. Algunos aseguraban inclu¬so que había adquirido una fortaleza equiparable a su estatura sobrehumana. Sin embargo, el dolor de Sardu por su, padre, sus tíos y primos era tan profundo, que nunca se le volvió a ver a la luz del día, y despidió a la mayoría de sus sirvientes. Por la noche había algo de actividad, en su castillo —se podía ver el fuego de las chimeneas resplandecer en las ventanas—, pero el lugar se fue viniendo abajo con el paso del tiempo.
»Algunos afirmaban que, al caer la noche, se oía al gigante rondar por la aldea. Fueron los niños quienes se encargaron de difundir la historia según la cual decían haber escu¬chado el pic-pic-pic del bastón que Sardu ahora utilizaba no para caminar, sino para invitarlos a salir de sus camas y obse¬quiarles baratijas y golosinas. Los incrédulos eran invitados a mirar los hoyos del suelo, algunos justo afuera de las ventanas de sus habitaciones, pequeños hoyitos como si fueran de su bastón con cabeza de lobo.
Los ojos de la Bubbeh se ofuscaron. Miró el plato de su nieto y vio que estaba casi vacío.
—Entonces, Abraham, comenzaron a desaparecer varios niños de la aldea. Circularon historias de otros que también desaparecieron de las aldeas cercanas, incluso de la mía. Sí, Abraham, cuando era niña tu Bubbeh vivía tan sólo a medio día de camino del castillo de Sardu. Recuerdo a dos hermanas cuyos cuerpos fueron encontrados en un claro del bosque, tan blancas como la nieve que las rodeaba, sus ojos abiertos y cristalizados por el hielo. Una noche, yo misma escuché el pic-pic-pic; era un sonido fuerte, rítmico y no muy distante. Me cubrí la cabeza con la manta para no oírlo más y luego pasé varias noches sin dormir.
Abraham terminó la sopa mientras escuchaba el final de la historia.
—Casi toda la aldea de Sardu fue abandonada y se con¬virtió en un lugar maldito. Cuando la caravana de gitanos pasaba por nuestra aldea, vendiendo sus mercancías exóticas, nos hablaban de sucesos extraños, de encantamientos y apariciones cerca del castillo; de un gigante que erraba por los campos iluminados por la Luna como un dios nocturno. Fueron ellos quienes nos advirtieron: «Coman para que sean fuertes, o Sardu vendrá por ustedes». Ya ves que no se trata de un juego, Abraham. Ess gezunterhait, come para que seas fuerte. No de¬jes nada en el plato, pues de lo contrario Sardu vendrá por ti. —Con esta frase, la anciana dejó atrás aquel oscuro recuerdo de su infancia y sus ojos recobraron su brillo habitual—. Sardu vendrá. Pic-pic-pic.
Abraham dejó el plato vacío, sin el menor rastro de remolacha. La historia había terminado, pero su estómago y su mente estaban rebosantes, al igual que su corazón. Su comportamiento en la mesa había complacido a su Bubbeh, y el rostro de la anciana le pareció la expresión más clara de amor que podía existir. En la privacidad de ese momento, y en torno a la desvencijada mesa familiar, la abuela y su nieto —con una generación de por medio— compartieron el alimento del corazón y del alma en perfecta comunión.


Diez años después, la familia Setrakian tuvo que dejar atrás su taller de ebanistería y su aldea, no por causa de Sardu, sino por los alemanes. Una noche, conmovido por la generosidad de esa familia que había compartido su ración con él sobre aquella misma mesa, el oficial nazi acantonado en su casa les aconsejó que no obedecieran la orden de reunirse en la estación del tren y abandonaran la aldea esa misma noche.
Y eso hicieron. Los ocho miembros de la familia partieron hacia el campo con las pocas pertenencias que pudieron cargar, pero se retrasaron por causa de la abuela. Peor aún, ella lo sabía, y se maldijo a sí misma y a sus piernas viejas-y cansadas por poner a toda la familia en peligro. Reanudaron la marcha y el resto de la familia siguió adelante, pero Abraham —quien aho¬ra era un joven fuerte y prometedor, todo un ebanista a pesar de su tierna edad y un estudioso del Talmud particularmente interesado en el Zohar, los secretos de los misticismos judíos— decidió permanecer al lado de su abuela. Cuando supieron que sus familiares habían sido detenidos en el pueblo más cercano y deportados en un tren a Polonia, la Bubbeh, desgarrada por la culpa, insistió, por el bien de su nieto, en que la dejara entregarse a los alemanes.
—Huye, Abraham. Huye de los nazis y de Sardu. Escapa.
Pero él no la obedeció. No dejaría que lo separaran de su abuela.
Al día siguiente la encontró tendida en el suelo, junto a la cama que habían compartido en casa de unos granjeros que les dieron posada. Tenía los labios resquebrajados y negros como el carbón, y una mancha del mismo color alrededor del cuello, producto del veneno para ratas que había ingerido la noche anterior. Con la venia de la familia protectora, Abraham Setrakian la enterró debajo de un abedul en flor. Talló con paciencia una hermosa lápida de madera con flores y pájaros, y otros motivos que la habían alegrado en vida. Lloró, inconsolable, y luego se marchó.
Se escabulló de los nazis, pero siguió escuchando un pic-pic-pic detrás de él...
El Mal lo seguía muy de cerca...
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